martes, 10 de mayo de 2011

Broken Promises.

¿Cómo puede un lugar tan hermoso contener todos los miedos de un ser humano en forma de espejismos? Supongo que es algo difícil de entender, pero tampoco es sencillo explicarlo. En aquel extraño sitio se respiraba un aire distinto a cualquier otro. La atmósfera era más pesada, más densa que cualquier otra en la que hubiera permanecido, sin embargo, al mismo tiempo, notaba como si mi cuerpo fuera más liviano, como si en ese momento se hubiera convertido en la más fina seda que pudiera tejerse. Era un espacio tranquilo, repleto de sauces, cerezos y almendros. Las aves, cubiertas con plumas de los más exóticos colores sobrevolaban mi cabeza. Pude oír a lo lejos el rumor de una cascada, pero al ver las fuentes que se situaban no muy lejos desde mi posición, decidí ir hacia ellas. Había un total de seis manantiales, formando un hexágono, en su centro se alzaba un altar no muy grande, también con la misma forma. En su base estaban inscritas unas frases que no lograba descifrar, posiblemente fuera un lenguaje secreto o una lengua muerta. Pasé las yemas de los dedos sobre la inscripción y las letras comenzaron a emitir un débil resplandor. Entonces una imagen se mostró ante mí, sobre la plataforma: un chico, de unos doce u once años, corría, perseguido por cuatro jóvenes más, que seguramente estarían dispuestos a golpearlo; luego una pareja discutiendo, por un momento el muchacho cogió un jarrón y lo tiró contra la pared, haciendo añicos el florero, la chica lo miraba con los ojos desorbitados, así sucedían una tras otra frente a mis ojos, todas y cada una de ellas eran distintas, pero siempre coincidían en el mismo detalle, las miradas de terror de uno de los individuos. De repente, llegó hasta mis pupilas la peor de todas: ahí estaba la persona más importante para mí, desapareciendo ante mis ojos, cual llama que apaga con la más mínima ráfaga de aire. Sacudí la cabeza varias veces ¿qué había sido eso? Una fuerte sensación me oprimía el pecho, ¿esa escena… era real, de verdad había muerto? Caí de rodillas ante el altar, abrazándome a mí misma, mientras todo mi cuerpo temblaba de horror. Lágrimas de impotencia, nerviosismo, comenzaban a manar de mis ojos. En ese instante me di cuenta de lo solitario que estaba aquel lugar, no había nadie, él no estaba. Una fina lluvia empezó a caer sobre mí. Sentía que no podía hablar, lo intentaba, pero ni una sola palabra brotaba de mi boca, hasta que lo conseguí:



-¡Me prometiste que no me dejarías sola! –grité con todas mis fuerzas, aferrando con fuerza mis brazos, a sabiendas de que no podían escucharme.


Jamás supe cómo había llegado a ese lugar, más tampoco me importó. Simplemente allí me quede, envuelta en mi soledad, atrapada para toda la eternidad.