Un golpe seco resonó en el piso superior. El pequeño de cinco años, que hasta el momento había estado sentado sobre el sofá, viendo la televisión mientras escuchaba los gritos de sus padres, dio un respingo en el mismo, mirando hacia arriba. Tenía una vaga idea sobre lo que estaba ocurriendo, pues era una escena casi habitual en su hogar, pero seguía aterrándole la mirada furiosa que le dedicaba su padre cuando terminaba y bajaba, buscándolo entonces a él.
Subió los escalones con cautela, procurando hacer el menor ruido posible o lo descubrirían. Podía escuchar con bastante más claridad los gritos de su madre, que pedía que la soltara y la dejara en paz de una vez. Se acercó todavía más a la puerta del dormitorio, pegando la oreja en ella, con los ojos desmesuradamente abiertos, aquella vez estaba siendo la peor de todas.