Un golpe seco resonó en el piso superior. El pequeño de cinco años, que hasta el momento había estado sentado sobre el sofá, viendo la televisión mientras escuchaba los gritos de sus padres, dio un respingo en el mismo, mirando hacia arriba. Tenía una vaga idea sobre lo que estaba ocurriendo, pues era una escena casi habitual en su hogar, pero seguía aterrándole la mirada furiosa que le dedicaba su padre cuando terminaba y bajaba, buscándolo entonces a él.
Subió los escalones con cautela, procurando hacer el menor ruido posible o lo descubrirían. Podía escuchar con bastante más claridad los gritos de su madre, que pedía que la soltara y la dejara en paz de una vez. Se acercó todavía más a la puerta del dormitorio, pegando la oreja en ella, con los ojos desmesuradamente abiertos, aquella vez estaba siendo la peor de todas.
Quiso abrir la puerta en aquel momento, pedirle a su padre que se detuviera, que dejara de hacer daño a su madre pero, al tocar el pomo de la puerta, su cuerpo quedó paralizado y, por mucho esfuerzo que hiciera por girarlo, sus miembros no le respondían. Uno de los golpes fue tan fuerte, que el cuerpo de la mujer se estrelló contra la entrada, provocando que el niño se separara, en un acto reflejo, de la misma.
De pronto, un silbido llegó hasta sus oídos y dejó de escuchar las palabras de su progenitora. Un líquido carmesí apareció bajo el umbral de la puerta, lo que aterró aún más al crío, que echó a correr en ese mismo instante, buscando algún escondite para escapar de aquel monstruo que acababa de maltratar brutalmente a su madre y que, seguramente, iría a por él en cuanto terminase con ella.
Se ocultó bajo la cama del cuarto de invitados, lugar que no solía visitar su padre, a no ser que tuviera que pintar alguna pared o limpiar la estancia. Sin embargo, no se le ocurrió la idea de cerrar la puerta tras haber entrado, ya que así se daría cuenta de su escondrijo, pues no era normal que estuviera abierta.
Pensaba que en aquel lugar estaría a salvo, y que luego podría ir a pedir ayuda, pero los zapatos de su padre aparecieron en aquel instante. Lo peor de todo, se acercaba justo al lecho, donde estaba el niño. Por suerte, no lo estaba buscando, si no que se dejó caer sobre el colchón, rebotando sobre él y quedándose tumbado sobre el edredón de cuadros que lo cubría.
Al poco rato pudo escuchar los fuertes ronquidos de éste, lo que le dio más seguridad y se dispuso a salir de su escondite. Se arrastró a través de la alfombra que tapizaba el suelo, controlando la respiración para no hacer ruido o correría el riesgo de despertar a aquella figura que yacía en el camastro. Cuando lo hubo conseguido, se descalzó y echó a correr a través de la habitación, cerrando la puerta tras de sí y girando la llave que descansaba en la cerradura, bloqueando así la salida del adulto, lo que le daría más tiempo para escapar.
Salió de su hogar, buscando a la vecina de al lado, que por suerte estaba en su casa. Tocó la puerta con los nudillos, aún sin zapatos, pero no le importaba, tenía prisa. La mujer abrió la puerta, mostrándole una cálida sonrisa, que desapareció al ver que del rostro del niño emanaban lágrimas y que éste balbuceaba palabras como “Mamá”, “golpe” o “gritos”, lo que la alertó.
Acompañó al pequeño hasta su vivienda, no sin arroparlo antes con una gran manta, pues hacía frío fuera. A pesar de los intentos de la señora por ayudarlo, él se deshizo del trozo de tela en cuanto cruzó el umbral de la entrada, echando a correr hacia el cuarto de sus padres, indicándole dónde estaba su madre.
…Pero ya era tarde. En cuanto abrió el portal, se encontró una escena peor de la que se había imaginado cuando estaba escuchando tras la puerta. Su progenitora yacía en una esquina de la estancia, cubierta de sangre y con los ojos abiertos en una expresión de terror, completamente inmóvil. Se quedó paralizado en el lugar, no podía articular palabra, ni siquiera gritar. De sus ojos caían aún más lágrimas que antes, pero seguía siendo incapaz de decir palabra.
De pronto, una mano sujetó su hombro con firmeza, pero no se dio la vuelta, sabía perfectamente a quién pertenecía. Aquella persona apresó el pomo entre la otra mano y cerró lentamente. Guió al chiquillo hasta la calle y llamó a la policía, mientras éste esperaba sentado sobre los escalones de la entrada.
Sin embargo, cuando la mujer regresó a buscarlo, éste no estaba, se había marchado. En el fondo, sabía que no volvería a tener más noticias de aquel crío marcado por la muerte de su madre.
Corría, pues no podía hacer otra cosa. No quería detenerse, ya que sabía que entonces sus piernas le fallarían y no podría seguir su camino. Esquivaba a los transeúntes con dificultad, tropezando a veces, hasta que se dispuso a cruzar una calle. Fue en aquel momento cuando ocurrió lo que menos esperaba. Sucedió muy rápido, el sonido de un frenazo, una bocina y entonces….
Entonces despertó. Su respiración estaba entrecortada, lo que indicaba que había tenido una pesadilla. Se giró en el lecho lentamente y observó con calma a su pareja, que descansaba en absoluta tranquilidad a su lado. Rozó el flequillo que le caía sobre la frente con los dedos y se levantó, tenía que tomar un poco el aire.
Salió un momento al balcón e inspiró profundamente, escuchando el sonido de los coches que circulaban bajo sus pies, a seis pisos de distancia. Recordó con sumo detalle aquel sueño que lo había sobresaltado y se encaminó hacia el teléfono, tenía que cerciorarse de algo.
Marcó un número en el teclado y esperó con el auricular en la oreja hasta que contestó una voz femenina en la otra línea. Una lágrima de alivio se escapó de uno de sus ojos, pero se mantuvo en silencio hasta que consiguió asustarla sin querer. Se limpió la gota con el dorso de la mano y, negando con la cabeza, a pesar de que no lo iba a ver, le explicó que simplemente se había equivocado. Colgó el aparato y suspiró, tan sólo había sido una pesadilla. Una horrible y oscura pesadilla que escondía una pequeña verdad tras aquellas imágenes.

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