martes, 16 de agosto de 2011

Dead.

Observaba, desde el umbral de la puerta, aquella escena que había destruido todos sus deseos, sus sueños, su razón para vivir, todo su ser. Había muerto por dentro al ver lo que le esperaba en aquel cuarto de baño. Una joven de cabellos oscuros y tez blanca, lo miraba con semblante inexpresivo y la mirada perdida en el más allá. El vestido color crema que llevaba puesto estaba teñido de carmesí. Había que reconocer que ese tono le favorecía y contrastaba muy bien con su piel, pero la procedencia del mismo hacía que el chico lo despreciara. En su pecho yacía un puñal, clavado justo en el corazón.
Sin poder aguantar más el dolor, se dirigió pausadamente hacia la bañera, para desplomarse de rodillas ante ella, mientras unas lágrimas surcaban su rostro.
Lo único en lo que podía pensar en aquel momento era en el asesino de la que había sido su amada, deseaba con toda su alma acabar con aquel tipo, por ella.

Deslizó su mano lentamente hasta donde descansaba la mortal arma y cuidadosamente la extrajo, manchándose ligeramente con la sangre, pero no le importaba lo más mínimo, ya nada valía la pena. Tiró el cuchillo lejos, a dónde no pudiera verlo desde su posición. Luego dirigió su mirada hacia la joven, la besó levemente en los labios. Estaban fríos. No se parecía en absoluto a los besos que ella solía proporcionarle cuando estaban juntos, cálidos y tiernos.
Todo había cambiado, para siempre.
Acarició su semblante, su cuello, sus brazos, hasta aferrar con cuidado su mano, como si fuera una flor, que al apretarla se desvanece. Habría hecho lo imposible por devolverla a la vida, pero, por desgracia, las personas no pueden revivir.
La tomó entre sus brazos, con delicadeza, y salió de la estancia. Caminó por el angosto pasillo hasta otra habitación, la que había sido el cuarto de ambos hacía escasos momentos, ahora un lugar lleno de palabras, recuerdos, sentimientos y momentos que habían pasado juntos.
Depositó su cuerpo inerte y helado sobre la cama, la cual también quedó manchada del líquido carmesí. Se sentó al borde de la misma y observó la figura que descansaba a su lado. No pudo evitar que otro par de lágrimas emergiera de sus ojos verdes, que habían perdido el brillo de la vida. Todo había acabado, para los dos. Cogió un bote de tranquilizantes para dormir que yacía sobre la mesilla y se tomó lo que quedaba del frasco. Seguidamente se acostó al lado de la joven y abrazó su cintura. Pronto estarían juntos de nuevo, y ya nada podría separarlos jamás. Nunca.

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