jueves, 9 de junio de 2011

"Hey, why do you cry?"

“Hey, pequeña, ¿por qué lloras?”


Alcé la cabeza, miré a todos lados, buscando la procedencia de aquella voz que me sonaba tan conocida y a la vez tan lejana. Tenía ganas de escucharla de nuevo, de fundir mi alma con ella, dejar que me acariciara por dentro, que llenara aquel vacío que ella misma había creado, que curara mis heridas, que no me dejara jamás… Pero al mismo tiempo tenía miedo, miedo de que volviera a abandonarme, de que me hiriera, de que se burlara de mí. Me sequé las lágrimas con la manga de la camisa y me levanté. Sabía que la casa estaba vacía, que no había nadie más allí que yo, y que era imposible que el portador de esas palabras estuviera en ella, pues ahora se encontraba lejos, lejos de mi alcance. Aun así, mis piernas caminaban solas, movidas por su propia voluntad, primero fueron pasos lentos, luego una marcha acelerada, por último, una carrera por el interior del hogar en dirección al piso superior, hacia mi cuarto. ¿Por qué ahí? ¿Por qué, si él nunca había pisado mi dormitorio, mi santuario? Ese era el último lugar en el que quería estar, todo me recordaba a él: fotos, escritos, canciones, momentos pasados, una pequeña caja que descansaba sobre la cama, en la cual había un detalle que nunca le pude dar… una pulsera de cuentas hecha por mí, con nuestras iniciales. Demasiadas cosas que me corrompían por dentro… Las lágrimas volvían a caer, salpicando el suelo de madera. Por un instante pude verlo, ahí, sentado en el alféizar, mirándome. Una cálida sonrisa iluminaba su rostro, mas sólo era un espejismo, al acercarme se desvaneció como lo hacen las burbujas al intentar tocarlas. Me dejé caer de rodillas al suelo, aún sin detener el llanto, que ahora se había vuelto incontrolable. Poco a poco se fueron formando diminutos charcos, en los que podía ver esos momentos que pasamos juntos, momentos maravillosos, que ninguna persona en el mundo desearía olvidar, mas yo quería lo contrario, esos recuerdos me hacían sufrir, me quemaban por dentro como antorchas encendidas. Luego las imágenes se tornaron en discusiones, malentendidos, mentiras, dolor. No pude evitar apartar la mirada de la escena. Acto seguido me acurruqué en la única esquina vacía que había. Hundí la cabeza entre mis brazos y grité, grité con todas mis fuerzas, sacando el sufrimiento, la impotencia, la ingenuidad. Sentía cómo mi corazón se quebraba, cómo perdía su fuerza, cómo los latidos cada vez eran más lentos. ¿Por qué…? ¿Por qué después de todo lo que ha pasado, después de todo lo que me has hecho… aún te sigo amando…? Eso fue lo último que me pregunté antes de caer dormida, en un sueño del que tal vez, jamás despertaría.

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