jueves, 13 de mayo de 2010

Obra de arte

El teléfono sonaba sin parar. Una parte de mí deseaba acabar de una vez con aquel molesto ruido con un rápido golpe, mientras que la otra quería contestar la llamada con desesperación. Me sentía confuso, sin saber qué hacer, sentado en el suelo, contra la pared. ¿Debía confesar lo que había hecho? O, por el contrario, ¿sería mejor acabar con todo esto en seguida? Las paredes blancas de la habitación contrastaban con las manchas rojas que cubrían algunas zonas de la misma. Una magnífica obra de arte. Su cuerpo yacía inerte en el otro extremo del cuarto, sus ropas también estaban cubiertas de aquel líquido rojo tan hermoso para mí, pero para aquella escena, había tenido que renunciar a lo que más quería en el mundo, si hubiera sido otra persona el resultado habría quedado totalmente diferente. Abrí la ventana del cuarto, pude sentir la suave brisa del viento acariciándome el rostro. Subí al alféizar de la misma y me dejé llevar, relajando cada músculo de mi cuerpo, cada respiración, cada sentido. Caí al vacío.

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