Cierro la puerta con un golpe seco, el cual resuena por toda la estancia, prácticamente vacía. Me dejo caer sobre la cama, haciéndome un ovillo en ella, pensando en todas esas cosas que me gustaría cambiar, todo lo que odio, todo lo que dificulta mi vida a más no poder. Trato de evitarlos, siempre con una sonrisa en mi rostro, pero ésta desaparece al llegar a mi casa, a mi cuarto, aquí todos esos problemas me atormentan día y noche. Cojo el cojín y lo abrazo con fuerza, clavando las uñas en él. ¿Por qué no desaparecen por mucho que intente olvidar todo lo ocurrido? ¿Por qué esas palabras, que me dolieron tanto en su momento, siguen escuchándose en mi mente? ¿Por qué… no me dejan en paz…? Levanto la vista hacia la esquina, ahí descansa mi guitarra, esa “amiga” que me ayuda a desconectar de este mundo. Esa que siempre estará ahí, por mucho que ocurra, no como algunas personas, que llegan a tu vida, te la destrozan, y luego desaparecen. Me levanto, la cojo delicadamente por el mástil y vuelvo a mi cama, sentándome en el borde de la misma. Deslizo mis dedos por las cuerdas, está afinada aún. Cierro los ojos y comienzo a tocar. Los acordes suenan, mientras casi sin darme cuenta, empiezo a cantar una melodía llena de fuerza, de vitalidad, de sentimiento. Al cabo de un rato la canción finaliza, con un tono más suave y llevadero. Aún sin abrir los párpados, bajo la cabeza y sonrío levemente. La música hace que me desahogue, mientras toco, mi alma y mi mente se liberan, fundiéndose con las notas en una danza de libertad y emociones. Es una sensación increíble

No hay comentarios:
Publicar un comentario