miércoles, 2 de junio de 2010

Nightmare.

Corría sin parar a través de la espesura del bosque. Veía una columna de humo elevándose sobre las copas de los árboles, supo que ocurría algo, y que, seguramente, no era nada bueno. Esquivaba con torpeza los numerosos obstáculos que se encontraban en su camino, cayendo varias veces sobre el barro formado la noche anterior, pero esto no le impedía levantarse de nuevo y seguir en una sola dirección, hacia aquella nube gris. Parte de su ropa se desgarró al pasar junto a unas zarzas que crecían al borde del angosto sendero. Finalmente atravesó un último arbusto y se desplomó en el suelo, jadeando y completamente agotado. Al levantar la cabeza se quedó paralizado, su aldea, su casa, todo ardía en llamas. Podía oír los gritos de la gente que continuaba atrapada en sus hogares. De repente, uno de los chillidos captó su atención y lo hizo reaccionar. Provenía de una pequeña vivienda no muy lejos de donde se encontraba. Se dirigió a ella usando las pocas fuerzas que le quedaban, no se rendiría. Las voces que había escuchado eran de su propia familia, que aún seguía con vida, dentro de la casa. Sin pensárselo dos veces, entró. Vio a un reducido número de personas que se agrupaban bajo la escalera, donde el fuego no había llegado todavía. Se dirigió hacia ellos, pero cuando estaba a poco menos de un metro, se oyeron varios disparos, procedentes de diversos ángulos. Todo ocurrió de manera rápida y confusa. Se paró en seco, con los ojos completamente abiertos. Un charco de sangre se había formado frente a él y poco a poco llegaba a sus pies. Su ropa y su rostro también habían quedado manchados de aquel líquido carmesí. Aquello que tanto odiaba. Tras un rato volvió en sí. Percatándose de la situación. Toda su familia yacía en el suelo, inmóvil. Se dejó caer de rodillas sobre el charco y gritó con todas sus fuerzas, se sentía impotente al no poder haber hecho nada para salvar sus vidas, ahora todos habían muerto. Ya no le quedaba nada, estaba solo. Lo único que quería era gritar, gritar hasta quedarse sin voz, y esperar a que las llamas lo consumieran.
Se despertó gritando, agitado. Miró a su alrededor, estaba en su casa, tendido en su cuarto sobre la cama. Ésta estaba sin deshacer, se había quedado dormido mientras leía. “Todo ha sido un sueño”, pensó mientras se encogía sobre sí mismo, agarrando fuertemente las mantas, como si pudieran escaparse de sus manos en cualquier momento. “Una pesadilla…”, se repitió. Una pesadilla que lo atormentaba noche tras noche.


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