domingo, 29 de enero de 2012

Little One.


El frío invernal provocaba que las mejillas del joven estuvieran coloreadas de un leve tono rojizo, al igual que la punta de su nariz. Éste paseaba por el parque, ahora solitario, pues era de noche. Tras de sí, iba dejando sus pisadas sobre la blanca nieve, con pasos sordos y lentos. No tenía prisa.
Se frotaba las manos desnudas con energía, soplando de vez en cuando, tratando de calentarlas, pero su esfuerzo parecía ser en vano. Llevaba un gorro que aplastaba su pelo, ni demasiado largo, ni demasiado corto, haciendo que se pegara a su frente; además de una larga bufanda de color azulado enroscada al cuello. Terminó optando por introducir las manos en los bolsillos de su chaqueta, al tiempo que encogía los hombros y ocultaba su boca bajo el “paño”.
De repente, un gato de color oscuro –pues con la poca claridad de la noche apenas podía distinguir si era realmente negro- se cruzó en su camino, haciendo que se detuviera a mirar los matorrales por los que había desaparecido el felino en cuestión de unos escasos segundos. Ahora sólo podía oír el rumor de las hojas causados por los movimientos del mismo.
Suspiró. Aquel minino lo había hecho volver a la realidad que tanto odiaba.
Permaneció allí, de pie, durante varios minutos, a pesar de que a él le parecieron horas. ¿Acaso pensaba que ella vendría corriendo detrás suya, como había hecho tantas veces antaño, para llevarlo de vuelta a casa? Sacudió la cabeza, estaba muy equivocado, ella no volvería jamás. Es más, era imposible que eso sucediera, debía hacerse a la idea de una vez. 

Una ráfaga de viento azotó el cabello que quedaba fuera de su gorro. Le pareció oír una risa conocida en él, demasiado tal vez… Elevó la mirada con rapidez, mirando a todos lados, nervioso, ¿habría sido real? Sin embargo, no alcanzó a ver nada más que su propia sombra.
Suspiró nuevamente, la segunda vez aquella noche, si seguía así, quizá batiría su propio récord. Sus ojos relucían con la escasa luz de las farolas, de ellos salieron dos tristes gotas, luego más y más, hasta que sintió que lloraría hasta quedarse sin lágrimas.
Cuando se hubo calmado, se limpió la cara con las mangas de su abrigo y prosiguió su camino, hasta sentarse en un solitario asiento en medio de aquel parque. Apoyó la espalda contra el banco y alzó la cabeza. Su mirada se perdió en aquel cielo estrellado que relucía sobre él. Buscó la estrella más brillante con sus verdosos ojos. Aquella era su hermana pequeña, que lo miraba desde donde quiera que estuviese. Ésta había fallecido un par de meses atrás, por causas que él desconocía, pero la echaba de menos, jamás la olvidaría. Estaba condenado a sentir su incorpórea presencia en momentos como aquél. Y por ello, su locura se avivaría con cada instante que pasase, hasta el fin de sus días.

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